Por Gerardo Almanza
Sergious es el personaje narrador de la historia, aunque por capítulos se muestra omnisciente. El reflejo realista cuyo efectismo se cumple en la factura de los personajes, las situaciones que viven y los diálogos que intercambian se ve afectada negativamente por este recurso que hubiera tenido éxito si, como en Los Monederos Falsos de Gide (presente desde el epígrafe), Sergious, que pretende ser escritor, tomara la tercera persona y la omnisciencia para contar la historia que tiene en mente, a partir de los personajes que él va conociendo y llevando a la ficción de su realidad. Sergious narra, entonces, la historia de su paso por Desert d´Or, una pequeña ciudad cercana a La Meca del Cine (Hollywood es palabra prohibida en la novela, ni una vez se nombra a la ciudad por su nombre). Esta ciudad da nombre a la novela, o al menos éste brinda un epíteto. Allí conviven figuras ascendentes y decadentes del cine comercial: productores buitres, directores idealistas por un rato, dueños gordos e inescrupulosos de estudios cinematográficos, postulantes a estrellas, drogadictos, borrachos, proxenetas y prostitutas de las categorías más variadas. Ah, y también Sergious O´Shaugnessy, un ex piloto de avión de la segunda guerra, huérfano y estéril (al menos en principio). En esta ciudad desértica Sergious comienza a asistir a reuniones organizadas por Dorothea O´Faye en su casa certeramente llamada La Resaca. Conoce a Charles Francis Eitel, un director pretencioso y estilista en crisis que se ve obligado a dejar su trabajo por su negativa a declarar “todo lo que sabe” sobre los rojos frente al comité encargado de traer al siglo XX a la Inquisición.
Luego, uno de los segmentos más memorables de la novela: en una fiesta organizada por un importante dueño de un estudio de cine (Herman Teppis –H. T.-), a la que sergious es invitado por casualidad, acude Eitel con Elena (la amante del yerno de H. T.). Si Eitel ya estaba en la lista negra, a partir de ese momento de gran dignidad y rebeldía queda completamente marginado incluso de los contactos sociales que aún conservaba. Sergious en la misma fiesta pierde la cabeza y la impotencia por Lulú, una de las ex esposas de Eitel, estrella de cine empolvada y artificial. Eitel y Elena también empiezan una relación que brinda la mejor cara de la novela.
Las ideas que flotan sobre la culpabilidad, la compasión y el sadismo permiten que la novela no pase desapercibida y sea tildada como superficialmente descriptiva. Y plantea un interrogante: ¿es necesario llegar a la acción para sentirse culpable de un hecho? ¿O alcanza con el simple hecho de pensarlo?
A Sergious no le va tan bien como él piensa. Las secuencias finales alrededor de este personaje son, al menos, débiles e inadecuadas. Se han escrito millones de páginas sobre viajes iniciáticos. Bueno, en éste, el héroe va a México y se hace torero (las corneadas y los machucones también presuponen un viaje). Luego va a Nueva York y se dedica a retomar “sus estudios” porque se había dado cuenta que nada sabía. Y se dedica a escribir. Concluyendo, la novela podría haber perdido uno o dos centenares de páginas y así haber ganado en intensidad y coherencia.
No terminar sin decir algo sobre el Gran Hijoeputa: Marion Faye. Hijo de Dorothea, con tendencias homosexuales (teóricas y aceptadas por él mismo), fumador de marihuana (el alcohol, al contrario de todos los demás personajes, no le caía bien), proxeneta y estricto docente de prostitutas, pone su ser al servicio de la idea más interesante planteada en la novela. Esta última se postula como un texto cuyo núcleo es la sexualidad. A mi entender, y aunque la novela se cierra más o menos crípticamente con unos párrafos dedicados a ese tema y en el que intervienen Sergious y el mismísimo Dios, lo que trasciende es el tema de la complejidad de las relaciones humanas en general y las relaciones de poder en particular, pero sin dejar de lado los aspectos individuales de estás relaciones, es decir, los impulsos psicológicos que las generan. Sólo como ilustración:
Había cierto acto que Bobby consideraba asqueroso, y Marion la hubiera tenido diez o veinte minutos intentando efectuarlo.
O esta otra:
La compasión es el peor de los vicios. Faye sabía todo lo concerniente a la compasión (…). Tan pronto como uno se daba cuenta de que la culpabilidad era la base del mundo todo resultaba fácil; y uno podía ser el dueño del mundo y escupir sobre él, pero previamente era preciso desprenderse de los propios sentimientos de culpabilidad, y para conseguirlo había que dar muerte a la compasión.
Sin embargo, en esa gran secuencia (gran manejo del suspenso y del ideal trágico) en la que Marion ve cercano, muy cercano, el suicidio de Elena (tenía la seguridad de que no hay nada más fácil que matar a un hombre, por lo que se decidió a inducirla al suicidio), éste se desgarra; nunca comprendió que la compasión que tan bien manejaba en relación a los otros era inmensamente más poderosa cuando era él el observado bajo su luz. O será que el sentimiento de culpabilidad es común a todos los hombres y por más que se lo intente enterrar sale como todo lo que se esconde vanamente en lo más profundo de nuestra mente.
Al final queda como un gusto a moraleja: Eitel aconseja a Sergious sobre si vender o no su vida a un productor para que hagas su película. Sergious intuye de Eitel que a éste no le parece que sea un acto de nobleza hacia uno mismo. Entonces Sergious rechaza la oferta y se dedica a lavar platos y a la literatura. Eitel, por su parte, vende en condiciones muy desfavorables un guión, declara frente a la comisión, se casa con Elena, tiene un hijo y vuelve a vivir y a trabajar en La Meca para los estudios que lo habían expulsado. Y retoma sus relaciones amorosas con Lulú.
Y quizá sea cierto; si la dignidad es relativa e intercambiable, entonces, no hay que preocuparse por conseguirla.